BIENVENIDOS

No soy politólogo, ni sociólogo, ni historiador, ni crítico literario, ni músico. Aunque les confieso que me gustaría ser algo de todo lo que mencione. Si puedo decir que soy escritor y quizás a través de mis palabras pueda de algún modo aproximarme a lo que no soy.

23 jul 2026

Quilmes invadido

Ha llegado a nuestras manos el libro "Quilmes y las invasiones inglesas" de Héctor Alberto Bandera (El Monje Editor;2006).
La obra está compuesta por un Prólogo de Juan Carlos Lombán; ocho partes tituladas, a manera de capítulos; un Apéndice documental; y, culminando la obra, una Bibliografía fundamental.

Veamos brevemente que nos dice el autor en las distintas partes del libro.

En "Las invasiones inglesas al Río de la Plata" Bandera nos habla del objetivo de su trabajo, delimitándolo a los sucesos de los años 1806 y 1807. Describe también los rasgos más destacados del contexto histórico en el que se producen los hechos y plantea las motivaciones que impulsaron el accionar de los ingleses.
Para finalizar esta parte del libro nos detalla  la composición de la flota británica que llega al Río de la Plata y nos relata parte del desembarco de las fuerzas invasoras en las playas de Quilmes, el 25 de junio de 1806.

Luego, en "Lugar de desembarco", el autor, mediante el uso de distintas fuentes históricas, se esmera en esclarecer el sitio real del desembarco inglés, convencido que el lugar señalado en el Club Náutico de Quilmes es erróneo.

En la tercera parte, titulada "Beresford y Arze separados por el bañado", Bandera nos da un panorama de las horas tensas vividas entre el día 24 y la mañana del día 26 de junio. Ninguno de los bandos enfrentados se deciden a un accionar decidido y reinan más las dudas y especulaciones; en el caso de los locales por la incompetencia de las autoridades y la oficialidad. Los ingleses, especula el autor, a la espera de mayor información y certezas provenientes de espías y contactos en la ciudad.

En la parte siguiente, "El combate de Quilmes", el autor recurre a los testimonios de cuatro protagonistas directos de aquel enfrentamiento para dar cuenta del triunfo británico, el 26 de junio de 1806.

Bandera titula a la parte siguiente "La marcha hacia Buenos Aires, toma de esta ciudad y hechos posteriores". Allí narra el avance de las fuerzas invasoras desde Quilmes hasta la capital del Virreinato y el repliegue de los hombres que habían pretendido resistir al momento del desembarco.
El día 26 termina con algunos tiroteos entre ambos bandos teniendo al Riachuelo de por medio. El ejército inglés no logra avanzar más allá porque el puente había sido destruido.
Sin embargo, al día siguiente dedican todos sus esfuerzos para cruzar el Riachuelo y ante una muy débil resistencia logran ingresar a la ciudad. Allí se enteran que Sobremonte, el Virrey, había huido con los caudales del Tesoro Real hacia Córdoba junto a una considerable cantidad de tropas.
Buenos Aires está indefensa y Beresford solicita su capitulación. La rendición se concreta al mediodía del 27 de junio de 1806.
Una de sus primeras medidas es enviar una partida militar hacia Luján para tomar los caudales y regresarlos a la ciudad. Los mismos son enviados a Inglaterra el 17 de julio donde seran exhibidos como parte del trofeo de guerra que representa la conquista de Bs. As, ahora colonia del Imperio británico. Finalmente el tesoro fue depositado en el Banco de Inglaterra.

Culminando esta parte del libro su autor se detiene a destacar el trato amable y distendido de ciertos actores sociales a los ocupantes extranjeros. Se trataría de las familias mejor acomodadas de la ciudad, con poder e influencia y con fuertes vínculos con el comercio inglés. Bandera presenta como hecho concluyente la existencia de un libro donde se hallan registradas las firmas de cincuenta y ocho habitantes destacados de la ciudad, todos ellos jurando lealtad a su majestad británica. Tres de esas firmas serían de posteriores miembros de la Primera Junta de Gobierno.

En "La Reconquista" se relata la precaria situación logística de las tropas británicas: un pequeño ejército, en relación a la poblacíon de la ciudad, sin caballería y fuera del alcance de la artillería de la mayor parte de los barcos bloqueadores. Era imperiosa la llegada de refuerzos desde Inglaterra; pero jamás llegaron.
Españoles y criollos, de la Banda Oriental, Córdoba, Bs As y su campaña comenzaron a preparar un accionar combinado de sus fuerzas para desalojar a los ocupantes extranjeros.
El 10 de agosto llegan las tropas al mando de Liniers hasta los Corrales de Miserere e intima a Beresford a la rendición. Éste la rechaza.
El día 11 llega a Retiro y derrota un destacamento del enemigo. La caballería rodea la ciudad.
Liniers y sus hombres rodean la plaza. Beresford pretende resistir con el regimiento 71 pero el día 12 agosto de 1806 los ingleses son atacados desde todos los alrededores, incluso desde las torres de las iglesias de San Ignacio y San Francisco.
Para evitar el total aniquilamiento de sus tropas Beresford acepta rendirse y la entrega de sus armas a los hombres que reconquistaron la ciudad de Bs. As.

La siguiente parte del libro en cuestión ha sido titulada "Segunda invasión inglesa". Al llegar a Londres la noticia de la derrota de sus tropas en Buenos Aires se decide el pronto envío de un poderoso ejército al mando de John Whitelocke.
Al momento del desembarco en la Ensenada había reunido unos diez mil hombres. Esto acontece el día 28 de junio de 1807.
En la mañana del día 29, en las inmediaciones de Quilmes, la vanguardia invasora toma contacto con hombres de Liniers. Lo mismo ocurre al día siguiente. Son Húsares que van retirando hacienda de la zona y mientras se repliegan hacia la ciudad aprovechan para molestar con lo que pueden a la vanguardia que avanza hacia ellos.

La experiencia de la primera invasión y la posibilidad latente de un segundo intento  derivaron en una mayor preparación de sistemas defensivos, así como también en un mejor entrenamiento de los hombres para enfrentar a uno de los ejércitos más poderosos del mundo. Liniers llegó a reunir cerca de ocho mil hombres.

El autor nos relata también, brevemente, el paso por Quilmes de la vanguardia, del grueso del ejército y de la retaguardia. Este transitar del ejército inglés por tierras quilmeñas acontece entre los días  1° de julio y el 5 de julio de 1817.

Para el día 3 de julio la vanguardia y el grueso del ejército ya han cruzado el Riachuelo y se hallan en Miserere. La estrategia británica consiste en marchar hacia el fuerte por varias calles perpendiculares al río. No pensaron que desde techos y ventanas recibirían ataques de vecinos y soldados. Fue una feroz defensa de la ciudad la acontecida el 5 de julio de 1817.
Días después los invasores aceptan firmar su derrota.

Finalmente, en "El Cantón Independencia", el autor repasa la evolución de los sistemas defensivos que existieron en la barranca de Quilmes desde 1768 hasta 1845.
El objetivo fundamental era controlar los movimientos enemigos en el río y en la playa de Quilmes; para advertir lo más pronto posible a las autoridades y, de ser necesario, demorar el avance de las fuerzas invasoras.
Tales sistemas defensivos no solo estaban compuestos por baterías y cantones sino que existieron diversas instalaciones que debían ser de utilidad a las distintas tropas allí destacadas. La cantidad de las mismas fue variando, dependiendo de la importancia que se le adjudicara a la amenaza.

Análisis y definiciones.

Hasta aquí hemos realizado un breve resumen del contenido de las distintas partes que componen el libro de Héctor Alberto Bandera.
Pero un libro no puede considerarse como tal si no despierta reacciones, inquietudes y, porqué no?, algunas polémicas en los lectores.
"Quilmes y las invasiones inglesas" logra alcanzar esos objetivos y aquí intentaremos abordarlos con el mayor de los respetos y con la rigurosidad intelectual que nos sea posible ejercitar.

Uno de los aspectos que más sobresalen en la obra de Bandera es el permanente uso de distintas fuentes históricas. Es una constante del autor recurrir a distintos archivos, ya sean gubernamentales, militares o judiciales; también lo ha sido el análisis de relatos directos de los protagonistas a través de su correspondencia o de sus memorias; y también ha sido de importancia clave el acceso y estudio de diversos planos trazados por agrimensores e ingenieros.

Con el uso de todas estas fuentes que hemos mencionado el autor logra ubicarnos, imaginariamente, en el lugar y en el tiempo donde ocurrieron los hechos narrados. Esto es, a nuestro humilde entender,  uno de los objetivos fundamentales que debe procurar todo libro de Historia.

Creemos sinceramente que el trabajo de Bandera alcanza su mayor vuelo cuando logra desmitificar la creencia instalada de que el desembarco inglés ocurrió en donde hoy se halla el Club Náutico Quilmes. La hipótesis del autor es que el desembarco ocurrió en un punto de la playa más cercano a Bernal. Y las pruebas presentadas parecen confirmar los argumentos del autor.

Todo lo expuesto hasta aquí son clara evidencia de la importancia de las fuentes en el trabajo del historiador.
Sin embargo, no siempre las fuentes "hablan" con la verdad a flor de piel. Es trabajo del investigador de la historia interpretar lo que dicen y lo que callan. Porque podrían caer en verdaderas trampas históricas si hacen una lectura ligera o erróneas de las fuentes utilizadas.
Así, por ejemplo, Bandera advierte que es imposible que no hubieran muertos en el Combate de Quilmes. Sin embargo, "no deja de llamarnos la atención que en este combate no se informen bajas por ninguno de los dos bandos...", dice el autor. Y agrega con respecto a una planilla de muertos y heridos ingleses: "Si vamos a atender este registro, y lo que conlleva, podemos suponer que hubo intención de ocultar bajas".

Es decir entonces, que la interpretación de las fuentes y las definiciones que obtenga de ello son la otra parte fundamental en todo libro de Historia. Son la sal, por así decirlo, que da "gusto" a la obra.
Ahora bien, no intentaremos profundizar en los procesos de interpretación y conceptualización de los investigadores y escritores de la Historia. No solo por falta de espacio sino sobre todo por falta de erudición.
Pero no podríamos abandonar éste artículo sin dejar de señalar algunas definiciones dadas por Bandera en su obra.
Dice por ejemplo: "Lo que es inaceptable es presentar este proyecto de dominación comercial (...) como un simple acto de piratería".
Habría que preguntarse hasta que punto hay grandes diferencias entre los piratas y los soldados y generales de S.M. británica. Dejemos de lado sus diferentes banderas y encontraremos hombres que atacaban y destruían navíos y ciudades, con el respaldo de reyes y gobiernos, para obtener tesoros ajenos que eran repartidos en función de la jerarquía ostentada. Así como muchos reyes recibían su parte de los botines de los piratas, también el resto de los tesoros robados en Buenos Aires terminaron en el banco de Inglaterra.

En la página 45 del libro encontramos una  gran indignación del autor por diversos sucesos ocurridos en Quilmes: "No podemos dejar de resaltar(...)que las fuerzas de Beresford luego de desalojar a los españoles, hicieron descargas sobre los dispersos y también sobre casas y ranchos de las inmediaciones por temor a que hubiese hombres emboscados en ellas. Si sumamos hechos que vamos confirmando, tenemos que Quilmes también hubo que tolerar agravios como este; el de la ocupación como cuartel general durante la invasión de 1807; el saqueo de provisiones y ovejas y tener que abandonar sus viviendas hasta que el invasor se retire".
Solamente en éste párrafo hemos encontrado tal nivel de indignación y repudio al invasor. En el resto del libro el relato descriptivo es proponderante y son escasas las exclamaciones u opiniones críticas al accionar, o a la sola presencia, de los invasores.
Más aún, por momentos, la mirada inquisidora se detiene no sobre españoles o ingleses. La crítica e indignación se focaliza en los patriotas, a los que parece querer acusar de traidores probritánicos.
En efecto, ¿qué nos quiere decir el autor cuando afirma en la página 18: "la actitud de una gran parte de la población de Buenos Aires ante los invasores; las reuniones entre Beresford y Castelli, etc, todavía están esperando una explicación, que creemos debe ser superadora de la simplicidad reinante, ocupada en destacar las relaciones entre imperio y colonia".?

A quienes realmente sabemos poco de las distintas corrientes historiográficas nos encantaría saber a que se está refiriendo el autor.
Pero volvamos a lo que veniamos diciendo sobre su intención de echar sospechas sobre algunos de los patriotas que más se destacarían años despúes.
Dice Bandera en la página 52 de su libro: "Sería interminable relatar la bienvenida dada por una parte de la población de Buenos Aires a los invasores, bástenos traer a colación, como hecho concluyente, la existencia de un libro de firmas en poder de los británicos(...)donde se registran los juramentos de lealtad a su majestad británica de cincuenta y ocho habitantes de la ciudad, entre los que se cuentan comerciantes y tres miembros de lo que después sería la Primera Junta de Gobierno".
Este libro de firmas fue entregado por Alejandro Gillespie al Foreing Office en septiembre de 1810 por considerar que varias de las firmas correspondían a patriotas que formaban parte del nuevo gobierno de Buenos Aires.
El libro en cuestión ha desaparecido. Así que los investigadores que quieren trabajar este tema deben recurrir a los recuerdos expresados por Gillespie en alguna correspondencia o a propias y ajenas especulaciones.
Así por ejemplo, se menciona a tal Francisco Yosé Castelli y se piensa en Juan José Castelli; un tal Saavacha sería Saavedra en realidad. Otros arriesgan mucho más y dicen que Belgrano, por su cercanía a Castelli, sería otro de los firmantes. Y no cesan de tirar nombres al ruedo: Paso? Rivadavia.
Sorprende entonces que Bandera hable "que los nombres que conocemos de los firmantes son concluyentes" y vuelve entonces a mostrarse indignado: "No debe extrañarnos, puesto que hasta el día de hoy se vienen repitiendo estas cosas, con ligeros cambios de circunstancias y apellidos. La conducta humana no cambia, siempre es la misma".
Nos preguntamos entonces: ¿la indignación del autor es por la jura de lealtad de los patriotas a un soberano extranjero o por la traición de esos patriotas que terminaron armándose para expulsar y rechazar al invasor?..

No ponemos en duda que la oficialidad del ejército inglés haya sido alojada en casas de destacados vecinos de la ciudad,  que estrecharan vínculos con esos hombres importantes, o que hayan bailado con las damas porteñas en tertulias realizadas para agasajarlos. Siempre hubo y habrá gente poderosa capaz de pactar con el mismo diablo, si con ello logran mantener o incrementar su poder.
Sin embargo, si consideramos las propias palabras del autor al afirmar, "se podrá argumentar que el número de firmas es insuficiente para alegar connivencia de una parte de la población con los invasores,(...)que el temor de lo futuro inmediato hizo que muchos se abstuviesen de momento", nos hace reflexionar que en verdad cincuenta y ocho firmas, en una población cercana a los cuarenta mil habitantes, representan una demostración mínima de lealtad al gobierno extranjero.
Y pensemos entonces en quienes pudieron haber firmado ese libro. Los vecinos más destacados eran, en su gran mayoría, importantes comerciantes y hacendados. A los que debemos sumar a los funcionarios de la administración colonial española. Solo considerando a los comerciantes ingleses en la ciudad tenemos una cifra cercana al medio centenar. Seguramente que ellos no necesitaban ratificar su lealtad al gobierno británico, pero habran facilitado el acercamiento de varios de sus colegas locales a los hombres del ejército invasor.
Con respecto a los funcionarios sabemos que fueron "invitados" a dejar constancia de su lealtad al nuevo gobierno. Belgrano y Castelli eran funcionarios del Consulado. ¿Podían evitar tal situación? En principio Belgrano afirma en su Autobiografía que salió de la ciudad para no someterse a tal exigencia. Castelli era quien ocupaba el puesto de Belgrano cuando éste se ausentaba. ¿Pudo haber evitado dejar su firma?
Supongamos que Castelli firmó ese juramento de lealtad al invasor. Y supongamos que Belgrano nos mintió y que tarde o temprano debió dejar su firma en ese libro.

¿Puede realmente considerarse esto una prueba contundente de las convicciones de Manuel Belgrano y Juan José Castelli?
Creemos que no. Es probable que, como muchos hombres ilustrados de su generación, ambos sintieran alguna simpatía por ciertas ideas políticas y económicas expresadas por diversos pensadores ingleses. Pero las invasiones a Buenos Aires marcaron un antes y un después en el pensamiento y en la sensibilidad de varios de los patriotas.
Sinceramente pensamos que nuestro panteón de próceres no es tan amplio y diverso como para estar creando dudas y sombras sobre varias de sus figuras. Avanzar sobre ellos de manera gratuita y liviana, dinamitando la memoria de nuestros padres fundadores, representa un grave acto, cercano al suicidio como pueblo y nación.

TROVADORES URBANOS (artistas en peligro de extinción)


TROVADORES URBANOS (músicos en peligro de extinción!)

Cada tanto, en mis viajes en el ferrocarril Mitre con rumbo a mi trabajo, veo y escucho a un joven hombre que canta y toca la guitarra criolla frente a los pasajeros del tren.
Para ser sincero, debo decirles que no tiene una gran voz , seguramente gastada por la exigencia cotidiana y que su técnica instrumental es apenas la básica, ejecutada con una guitarra que parece gritar por un pronto retiro.

La gran mayoría de los pasajeros, entre los que me incluyo, no parecen prestar demasiada atención a ese hombre, de unos cuarenta años de edad, de aspecto algo desprolijo, de pelo largo, a veces con barba y con ropa con aires "hippies".
Pero no solo ese aspecto, que para algunos puede resultar simple - e incluso vulgar- parecen jugarle en contra. Sus interpretaciones musicales suelen ser iniciadas, mediadas y finalizadas con un discurso que destacan aspectos humanitarios, moralistas, por momentos filosóficos y denunciando profundas y perturbadoras problemáticas sociales.
Las letras de sus canciones, muchas veces casi desconocidas aún siendo de artistas destacados, pueden hablar del Che Guevara, de la guerra civil española o de las injusticias propias del capitalismo. Su discurso, su música, su arte, es esencialmente político.

Cualquier asesor de imagen o de marketing, de esos que se llenan los bolsillos manipulando las voluntades de políticos o músicos que aspiran a ser famosos o relativamente "exitosos", dudaría ante la ardua tarea de transformar la voluntad, el estilo o la apariencia de ese artista urbano y rebelde, no solo por la escasa posibilidad de obtener una ganancia monetaria sino, sobretodo, por el temor de fracasar en moldear un producto superficial y vendible, anulando o eliminando la rebeldía más auténtica.

Cuando aquel hombre culmina su interpretación musical acontecen unos segundos de tenso silencio, como si el público se hiciera rogar para dar su aplauso, hasta que finalmente se produce.
Una noche, cuando ya casi terminaba de recibir unas monedas tras su interpretación, el hombre dijo algo que suele decir, un consejo que no viene mal en éste tiempo tan frenético y superficial. Dijo entonces:
"...y esta noche, antes de encender el televisor, recuerden que es mucho mejor leer un libro".
Entonces -para ir acelerando la presente anécdota- una mujer, de condición humilde, que parecía tener algún trastorno mental, le respondió, más o menos, en estos términos:
-" ¡Pero que venís vos a dar consejos, comunista resentido, amargado y perdedor! ¡Te la das de Charly García y sos un pobre músico que toca en los trenes, que no tiene dónde caerse muerto!".
No conforme con su sentencia agregó:
-"¿Encima venís a decirnos que no veamos la tele?. No todo es malo en la tele. En canal Encuentro dan lindas cosas. ¡Y sino lo tenés a Tinelli!".
La mujer continuó vociferando y el hombre algo le retrucó, pero sin ánimo de profundizar en la discusión, ya que era evidente que la mujer no estaba totalmente en sus cabales.

Carlos Eduardo Díaz Derechos reservados del autor  Buenos Aires Argentina

20 jul 2026

LA MALDICIÓN ANCESTRAL


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¿Entrarías a un pueblo que el GPS no marca y del que nadie quiere hablar?
Dos generaciones, distantes en el tiempo, y una herencia familiar marcada por las maldiciones del pasado. ¿Podemos renegar y escapar de ellas o debemos aceptar y reivindicar su papel central en nuestro destino?
En el pequeño pueblo Gaucho Malo fuerzas oscuras pretenden recuperar el control sobre un lobizón y "Mandinga", el hijo pródigo del pueblo.
Un sacerdote jesuita y una pareja de jóvenes, Mariano Segovia y Samanta Ramírez, herederos de los linajes malditos, deberán enfrentar a los adoradores del Maligno para evitar que el pueblo quede bajo el absoluto dominio del mal durante la "luna roja".
Un universo que empezó hace 3 añosPasaron más de tres años desde aquellos primeros relatos donde ya se mencionaba la existencia de un lobizón en la provincia de Buenos Aires gobernada por Juan Manuel de Rosas. La historia creció, sumando nuevos personajes: Mandinga, Samanta, el mozo del boliche, Sarmiento y Bergoglio.
Ya disponible a $20.000





17 mar 2026

LA MALDICIÓN ANCESTRAL. CAPÍTULO UNO

 CAPÍTULO UNO: MARIANO SEGOVIA 




La prolongada e infernal ola de calor que castiga sin piedad a gran parte de la provincia de Buenos Aires hizo dudar a Mariano Segovia sobre la conveniencia de emprender el viaje. Pero no podía seguir postergándolo. Solo rogaba a Dios que su viejo chevrolet 400 SS, que había heredado de su padre, pudiera completar la travesía sin grandes sobresaltos. Tener que bajar del auto por un desperfecto mecánico en ese agobiante mediodía dejaba abierta la posibilidad de morir calcinado sobre la ruta, exageró un poco antes de subirle el volumen a la radio. Las noticias informan sobre una realidad caótica en los grandes centros urbanos del país, producto del descontrol de las variables económicas, del accionar de los piqueteros y los saqueos a supermercados. Algunos analistas incluso hablan del traspaso adelantado del poder presidencial. 

El intermitente destello de los rayos detrás de las nubes, y los truenos que se escuchan pocos segundos después, permiten pronosticar la tan esperada tormenta que traiga algo de alivio a la región. Cuando finalmente se desata la furia de lluvia y viento sobre la ruta Mariano se ve obligado a salir de ella porque es muy peligroso seguir conduciendo en esas condiciones climáticas. Unos kilómetros atrás había visto la publicidad de un parador-hospedaje ubicado a escasos metros de una estación de servicio YPF. Por fortuna pudo llegar a él en ese preciso momento. Al ingresar lo impactó su ambientación "retro" de los años 50 y 60.

Habían pocos clientes así que no tuvo que esperar mucho tiempo para ser atendido por Samanta, la única persona que parecía estar trabajando en el lugar. Ella era joven, muy bonita, y su natural simpatía sin duda resultaba reconfortante para los viajeros. Durante varios segundos Mariano quedó como embobado, observando a la muchacha, hipnotizado por su sonrisa y demorando en dar respuesta a su pregunta :

-¡Buen día! ¿Deseas pedir el plato del día o prefieres consultar el menú?

Mientras espera el almuerzo el joven se dirige hasta la llamativa vitrola y no tarda en decidirse por una canción. Cuando comienza a sonar Green River de los Creedence Clearwater Revival experimenta una peculiar forma de felicidad.

Minutos más tarde, al servirle Samanta el plato solicitado, Mariano le preguntó si aún estaba lejos el punto que le señalaba en el mapa que había puesto sobre la mesa.

La joven le informa que 5 km al sur debe salir de la ruta y recorrer otros 10 km por un polvoriento camino que lo llevará a ese destino.

Ella no puede evitar ser curiosa y le pregunta: 

-¿No tienes miedo de ir solo a ese lugar?

-Sinceramente no tengo miedo. ¿Porqué debería tenerlo?

-Es casi un pueblo fantasma. Pero supongo que asistirás a los festejos por "la luna de sangre". El lugar sólo adquiere vida cuando hay luz lunar...bueno... ya sé que la luna no tiene luz propia...se entiende ¿no? -dijo ella levemente sonrojada por la sonrisa que generó en él su ocurrencia.

-¡Qué interesante!  ¿Escuchaste hablar de un tal Demetrio Segovia?

-¡El "escritor espectral"! Dicen que está "maldito", al igual que ese pueblo. 


Cuarenta y cinco minutos después Mariano se retira del lugar no sin antes dejar bajo el plato unos billetes extras junto a una tarjeta de presentación donde se puede leer MARIANO SEGOVIA (Escritor). En su reverso solo hay un número de teléfono y entre paréntesis el número de interno.

-¡Muchas gracias por tu amable atención! ¿Sabes si hay hoteles en Gaucho Malo?

-Uno muy modesto. Aquí al lado tienes uno de mayor nivel.  ¡Hay habitaciones disponibles! -dijo Samanta con un brillo especial en su rostro casi angelical.

-Ok, lo tendré en cuenta. Por cierto, me encantó la ambientación de este lugar. Será porque algunas personas me han dicho que tengo un "alma vieja".


Samanta sonrié hasta ver salir al joven del lugar. Pero cuando  alcanza a leer la tarjeta se pone seria y piensa si el mísmo apellido que el escritor "maldito" de Gaucho Malo es solo una perturbadora coincidencia.

La tormenta ya se aleja hacia el este y el sol pronto volverá a elevar la temperatura. Mariano  enciende el motor de su automóvil y al mirar por última vez hacia el parador la ve a Samanta muy cerca de la ventana observándolo desde el interior con cara de preocupación.


Desde que era un niño Mariano  ha sentido una especial atracción por la literatura. Leer y escribir son para él como las dos caras de una misma moneda. Pero en los últimos años esa necesidad creciente de escribir a pasado a ser como una pulsión vital, un fuego interno que arde y quema, reclamándole expresarse a través de la palabra escrita. Su timidez siempre fue un serio obstáculo para comunicarse con los demás. Ser escritor le ha permitido romper buena parte del aislamiento que le impedía darse a entender y así pudo mejorar sus vínculos con las personas reales, insertándose de manera más productiva a la sociedad. 


El camino hasta Gaucho Malo, también conocido por algunos como "el pueblo de Mandinga", era apenas una delgada capa de asfalto que en varios tramos del recorrido ya estaba muy deteriorada, lo que provocaba el levantamiento de densas nubes de polvo cada vez que pasaba un vehículo. 

Mientras conduce hasta el pueblo diversos pensamientos cruzan por su cabeza. Es un joven periodista y escritor que sueña con vender muchos libros y lograr así el reconocimiento de la crítica especializada y de los lectores. Pero la realidad es que sus dos libros de ficción se han vendido muy poco. Mejor suerte tienen sus columnas en el periódico sensacionalista "El observador indiscreto" donde el editor en jefe le permite escribir sus crónicas de resistencia (supervivencia en la mayoría de los casos) siempre y cuando incluyan unas buenas dosis de actividad paranormal,  morbosidad y violencia explícita. Esa realidad laboral provocaban en él un cierto fastidio y una gran frustración. Por un lado pensaba que lógicamente la situación económica impedía a mucha gente poder destinar parte de su dinero a la compra de libros y que debían conformarse con lo publicado por el diario. Pero también se preguntaba si la buena repercusión de esas publicaciones le servían para alejar el fantasma del escritor mediocre que cada tanto lo atormentaba. 

Mariano quería crecer como escritor y para ello tenía bien en claro que debía aprender del talento y el saber de los escritores más experimentados. Leerlos y  escucharlos resultaba entonces imprescindible porque en ellos podría encontrar sabiduría y templanza para encarar con renovado ímpetu su anhelo de ser un escritor, sino consagrado, al menos medianamente reconocido. 

El hecho que estuviera  conduciendo en ese desolado camino con rumbo a un pueblo casi perdido en medio de la nada obedecía en gran parte a ese interés en aprender de los escritores más sabios. 

Un día estando en la redacción del periódico alguien le hizo llegar un sobre con un papel dentro, escrito a máquina, donde se mencionaba a un peculiar personaje conocido como "el escritor espectral": un hombre mayor narrando historias de terror y misterio en un bar del sur provincial que alguna vez había sido una pulpería. Historias con mucha actividad paranormal que el mismo narrador había escrito. Sin embargo, era el nombre del tipo, Demetrio Segovia, lo que más le llamó su atención puesto que así también había sido el nombre de uno de sus ancestros, muy lejano en el tiempo, cuarta o quinta generación anterior a la suya, al parecer también un apasionado escritor, considerado "maldito" en la tradición oral familiar y del que absolutamente nadie en la familia, durante muchísimo tiempo, supo su nombre. Es que generalmente recordamos solo hasta el nombre de nuestros abuelos pero aquel ancestro escritor había sido el tatarabuelo de Mariano Segovia. Y todo esto, es decir, el nombre y su posición en el árbol genealógico, recién lo supo luego de estudiar unos documentos que habían estado bajo custodia de su abuelo. 

Pero ¿porqué "el escritor espectral" de Gaucho Malo tenía el mismo nombre que el ancestro de Mariano? ¿Sabía de él y lo utilizaba como una especie de homenaje? ¿Era un chanta tratando de obtener una ganancia o ventaja? ¿O era pura casualidad? 

15 mar 2026

DE ATAJOS Y POTREROS

En el pueblo donde crecí había senderos que te permitían evitar el caminar hasta el final de la cuadra para, de ser necesario, doblar la esquina. Esos caminos, formados por el incesante ir y venir de los vecinos, eran verdaderos atajos para llegar más rápido al almacén de Estela o la parada del colectivo 293. Pero también podía darse el caso de provocar breves demoras cuando el delgado hilo de tierra por donde caminabas terminaba por transformarse en un espacio mayor, totalmente despoblado de pasto, donde los pibes del barrio se reunían para jugar al fútbol, a la bolita o para remontar los barriletes hechos con cañas, papel de diario y un pedazo de tela para la cola del cometa casero; muchas veces armados con la ayuda de nuestros padres o amigos. Aquel espacio pelado de vegetación era, paradójicamente, "el campito" o "la canchita" que nuestros viejos conocieron como "el potrero". Allí podían forjarse amistades eternas o enemistades transitorias: rivalidades que al poco tiempo desaparecían cuando era necesario sumar otros jugadores para igualar los equipos. Ser el dueño de la pelota te habilitaba a ciertos privilegios, siempre y cuando tu vieja te diera el permiso para salir de la casa después que una comitiva de pibes habían golpeado las manos en la vereda para exigir tu presencia junto a la pelota, que usualmente era de cuero aunque también las había de goma o un plástico que parecía cemento cuando debías cabecearla. De darse la situación que tu mamá estaba presente pero no te daba el permiso de salir porque tenías que terminar la tarea escolar o ya te habías bañado no te quedaba otra opción que prestar la pelota, si es que no querías sentir como los pibes del barrio te reducían de tamaño solo con sus miradas condenatorias. También podía darse el caso extremo que tus padres no estaban en la casa y que no tenías el permiso de salir a la calle. Pero si los chicos veían felices que la pelota era lanzada desde el interior para terminar rebotando en la vereda y enseguida verte asombrados trepar la reja o saltar el muro para caer estoico frente a ellos pasabas inmediatamente a ser el héroe de la jornada.