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No soy politólogo, ni sociólogo, ni historiador, ni crítico literario, ni músico. Aunque les confieso que me gustaría ser algo de todo lo que mencione. Si puedo decir que soy escritor y quizás a través de mis palabras pueda de algún modo aproximarme a lo que no soy.
15 mar 2026
DE ATAJOS Y POTREROS
En el pueblo donde crecí había senderos que te permitían evitar el caminar hasta el final de la cuadra para, de ser necesario, doblar la esquina. Esos caminos, formados por el incesante ir y venir de los vecinos, eran verdaderos atajos para llegar más rápido al almacén de Estela o la parada del colectivo 293. Pero también podía darse el caso de provocar breves demoras cuando el delgado hilo de tierra por donde caminabas terminaba por transformarse en un espacio mayor, totalmente despoblado de pasto, donde los pibes del barrio se reunían para jugar al fútbol, a la bolita o para remontar los barriletes hechos con cañas, papel de diario y un pedazo de tela para la cola del cometa casero; muchas veces armados con la ayuda de nuestros padres o amigos.
Aquel espacio pelado de vegetación era, paradójicamente, "el campito" o "la canchita" que nuestros viejos conocieron como "el potrero". Allí podían forjarse amistades eternas o enemistades transitorias: rivalidades que al poco tiempo desaparecían cuando era necesario sumar otros jugadores para igualar los equipos.
Ser el dueño de la pelota te habilitaba a ciertos privilegios, siempre y cuando tu vieja te diera el permiso para salir de la casa después que una comitiva de pibes habían golpeado las manos en la vereda para exigir tu presencia junto a la pelota, que usualmente era de cuero aunque también las había de goma o un plástico que parecía cemento cuando debías cabecearla.
De darse la situación que tu mamá estaba presente pero no te daba el permiso de salir porque tenías que terminar la tarea escolar o ya te habías bañado no te quedaba otra opción que prestar la pelota, si es que no querías sentir como los pibes del barrio te reducían de tamaño solo con sus miradas condenatorias.
También podía darse el caso extremo que tus padres no estaban en la casa y que no tenías el permiso de salir a la calle. Pero si los chicos veían felices que la pelota era lanzada desde el interior para terminar rebotando en la vereda y enseguida verte asombrados trepar la reja o saltar el muro para caer estoico frente a ellos pasabas inmediatamente a ser el héroe de la jornada.
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